
Cuando me paro delante de una audiencia de más de cuatro mil individuos, el nerviosismo neurótico asalta mi vulgar estabilidad para luego convertirla en una explosión galopante de tartamudeos y de errores en el habla que, como una constante, me avergüenzan. Sin embargo, así como el hombre murciélago, ese miedo aprendí a dominarlo.
Aquella noche, en el Anfiteatro del Parque de la Exposición de Lima, me encontraba yo con una tranquilidad sensual que inspiraba confianza. No había luna llena y mis emociones, junto con el mar, se encontraban apacibles. Tan solo tendría que esperar a que mi nombre sea presentado con efectismo y parafernalia criolla.
“¡SEÑORAS Y SEÑORES! ¡CON USTEDES EL SHOWMAN NÚMERO UNO DE LA TELEVISIÓN PERUANA!”
Mi nombre estaba por ser escuchado por miles de personas. Yo era una de esas miles de personas. Pero ese nombre es mío y de nadie más.
“¡AAAAAAAALBERTO MAAAAAAAANRIQUE!”
Es en ese instante que olvidó que soy un cholito de Puente Piedra. ¡Soy Alberto Manrique, carajo! Veloz, carismático, insuperable. “Clap-Clap-Clap” ladran las manos de mis fanáticos al verme corriendo por el amplio stage.
“¡HEY! ¡BIENVENIDOS A LA NOCHE MÁS CAÑERA DE LIMA!” atino a decir con simpatía
salvaje.
Una confusión de vocales y consonantes amplificadas entre el barullo clamaban por mi talento. Ellos me aman. Me siento como yo; como dios. Como yo. Pero tío, es acá cuando las cosas inesperadas de la vida surgen con jodido ímpetu. Estos asuntos jodidos que hacen que la vida sea más interesante. Pero.
Así como todos concebimos la rutina indefensa pero simpática de la vida; así como te ríes con los mismos chistes del Chavo del Ocho que acontecen en todos los episodios; así como te tomas una Coca-Cola diaria y eruptas sin vergüenza en la intimidad; esta mujer, bendita mujer, transmutó la noche de Lima en la noche con la que sueño en todas las lunas, no por sus virtudes placenteras, sino por sus arrugadas palabras. No me dejan dormir.
La señora que había osado a invadir mi territorio se situaba en el centro del escenario. “Cómo mierda llegó esta vieja a este lugar”. Su menopausia ya era una memoria lejana seguramente, pues a sus ochenta años, su figura resultaba una caricatura de fragilidad paradigmática.

-Albertito, eres tú…..- La anciana tenía un micrófono. La audiencia estaba increíblemente silenciosa, empero tensa a la vez, mismo campeonato tenístico de Copa Davis.
-Albertito, lindo……. ya no puedo hablar más…..-. Continuó la señora. Mi mano acercó el micrófono a mi rostro.
-¿Qué sucede con usted?, si quieres que haga algo por ti tan solo dímelo-
-Ya no puedo más hijito, ha sido mucho en esta vida. Mucho ya, papito- . Yo no tenía miedo. Ella tampoco.
-Entonces, dime qué tengo que hacer-
-Ya sabrás lo que tienes que decir, eres todavía un bebito, mírate nomás tus cachetitos y tus ojitos, es que no sabes todavía pues- La vieja comenzaba a flaquear su ínfima fuerza para mantenerse de pie. –Habla por mí, yo ya hablé bastante por ti-.
Su fuerza no pudo más, y su cuerpo se desplomó. La muchedumbre, que hasta ese instante se había mantenido pasiva, gritó desesperada buscando socorro para la mujer octogenaria. Yo no sabía qué hacer. El nerviosismo neurótico se apoderaba de Batman y yo, impulsivo y desesperado, huí. Corrí mucho. Mis piernas no estaban pesadas; ellas también querían huir.
¿Seré lo suficientemente valiente como para ingresar al mundo de la radio?. Sé coger un micrófono. Pero desde ese día, estoy dudando de mis cualidades comunicativas. No me quiero casar y no quiero tener hijos.